Renta variable

La renta variable engloba los activos financieros —principalmente acciones de empresas cotizadas— cuyo rendimiento no está pactado ni garantizado de antemano: depende por completo de la evolución del precio de mercado del activo y, en su caso, de los dividendos que la empresa decida repartir. A diferencia de la renta fija, donde existe un compromiso contractual de devolución del capital y pago de intereses, comprar una acción significa convertirse en propietario (accionista) de una parte proporcional de la empresa, y el resultado de esa inversión —ganancia o pérdida— depende de cómo evolucione el negocio y de cómo perciba el mercado esa evolución. Esto hace que la renta variable sea, en general, más volátil que la renta fija: los precios pueden subir o bajar de forma notable en periodos cortos de tiempo, en función de resultados empresariales, noticias económicas, cambios en los tipos de interés o el sentimiento general del mercado. A cambio de ese mayor riesgo, la renta variable ha ofrecido históricamente, en periodos largos de varias décadas, una rentabilidad media superior a la de la renta fija, aunque esa rentabilidad superior no está garantizada y pueden existir periodos de varios años con resultados negativos. Por eso la renta variable suele recomendarse principalmente para horizontes temporales largos, que permiten superar los periodos de caída, y para perfiles de riesgo moderados o agresivos.

Ejemplo

Comprar una acción a 50€ que después sube a 65€ genera una ganancia (no garantizada de antemano) del 30% si se vende en ese momento; si en cambio la acción cae a 35€, la pérdida sería del 30%. En renta fija, en cambio, el cupón y la devolución del capital están pactados desde el principio.